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Cuentan que un día se encontraron en el campo una anciana tortuga y una joven liebre. Digamos que la Liebre hacía ya mucho tiempo que tenía interés en hablarle y tratar de averiguar ciertas incógnitas que tenía, con respecto a la tortuga.

No solamente tenía preguntas qué hacer, sino que además sus mismas incógnitas ya provenían de sus antepasados. La Liebre recordaba que ya sus abuelos se habían formulado preguntas con respecto a la tortuga, a su forma, a su conformación física. Y de los abuelos se había transmitido a los padres y de los padres a ella misma. Y resultó de ello, de esa inquietud, la oportunidad de tratar el tema.

Habló con la anciana Tortuga y le expuso sus planteamientos, que eran a su vez los de sus congéneres -en la madriguera no se hablaba de otra cosa desde hacia ya muchos años- y era que no entendían como ellas, las liebres, podían disfrutar de un pelo suave y agradable al tacto, de unas grandes orejas para poder oír incluso cómo las serpientes se arrastraban a cientos de metros de distancia, y también que disponían de una visión que les permitía observar a larga distancia, y de un cuerpo ágil, con largas patas, que les permitía brincar y correr a gran velocidad.

Y le preguntó a nuestra Tortuga que por qué ella era diferente.

Tortuga Sin Pelo

-¿Acaso porque tienes, le preguntó, una piel muy delicada dispones de un caparazón para protegerte, proteger dicha piel? ¿Acaso tienes las patas cortas porque el mismo caparazón no te las deja crecer debidamente? ¿Será fruto de algún gen o error genético que ha resuelto darte ese aspecto, o te ha dado ese aspecto tan raro y distinto a nosotras, las liebres?

A lo que la anciana tortuga, después de haber conocido a muchísimas más generaciones que la propia liebre, dada su edad, sabiendo también que dichas preguntas se las hacían constantemente de generación en generación, como que las mismas, para la propia Tortuga, eran poco objetivas, no tenían sentido, siempre les contestaba con evasivas, o bien les decía, como así lo hizo, con un: -Tal vez. En una indefinición constante.

La Liebre insistió:

-En verdad, Tortuga, ¡nunca nos aclaras nada! Te preguntamos y nunca explicas nada. Nos dices: “tal vez…” y quedamos igual. ¿Será verdad?, ¿será mentira? ¡Y nosotros queremos respuestas, queremos saber cómo puedes ser tan diferente a nosotras!

Entonces, la Tortuga contestó:

-Mira, yo solo sé o puedo decirte que no tengo temor a las serpientes cuando pasan por mi lado. Y creo que no debo ser bocado apetitoso para ellas, debo resultar indigesta, pues ni me miran. Incluso a veces me hacen de lado. Y de los depredadores no tengo que huir, no necesito patas para correr a gran velocidad, pues tengo mi coraza, me refugio en ella. Y así voy viviendo. ¿Qué más puedo indicarte?

Y la Liebre insistiendo…

Y la Tortuga, pensando esta vez que no podría quitarse de encima tan fácilmente a una joven Liebre curiosa, mordaz e insistente…

De pronto, la Tortuga se dio cuenta que sí, que tal vez podría traerles respuesta, a ella y a los de su madriguera, a sus congéneres, y así definitivamente la dejarían en paz. Y pensóque por intentarlo no iba a perder nada.

Sugirió a la Liebre que si quería saber más de ella, llegar a entender todas esas cuestiones que su mente no comprendía, al menos en su nivel, que siguiera a su lado, que pasearan juntas.

Comprenderéis que para la Liebre, su curiosidad, sus ganas de saber, fueran muy superiores al esfuerzo que representaba ir al lado de una anciana y lenta Tortuga, eso requería paciencia. Pero pudo más su afán, su anhelo por conocer y saber. Y se adaptó al caminar de la Tortuga.

Durante ese día, durante doce largas horas, andando por el campo a paso de tortuga, claro, fueron observándose. A cada paso, la Tortuga la miraba de reojo, y la Liebre observaba a la Tortuga.

Y pasito a pasito, lento, sin prisas, porque eso sí, no había prisas, no podía haberlas, porque quien marcaba el ritmo era la anciana y lenta Tortuga, pasaron todo el tiempo.

Aunque sucedió algo muy curioso. Y es que sin darse cuenta anduvieron en círculo. Y al cumplirse el tiempo, en el último paso que dieron llegaron al punto del que habían partido, por tanto llegaron al mismo sitio. Mas hicieron un recorrido que les permitió, especialmente a la Liebre, a esa joven y ágil Liebre, conocer a fondo, porque pudo hacerlo, a la Tortuga y comprenderla.

Y así fue como de pronto la Liebre preguntó a la sabia Tortuga:

-¿Acaso no será que la madre naturaleza no te ha dotado de pelo, de largas orejas…, porque no ha querido que seas una liebre?

Y la Tortuga, la anciana, lenta, pero sabia Tortuga, con una sonrisa de oreja a oreja, habiéndose dado cuenta que la andadura había servido para algo, especialmente para ambas, contestó:

-Tú lo has dicho.

Amigos, hermanos, este cuento que parece puede terminar en este punto, en realidad no termina, hay más. Pero Shilcars no lo va a descubrir, no tendría sentido. Las preguntas sobre este algo más del cuento habrán de salir de vuestro corazón, de vuestra curiosidad de niños, de vuestro anhelo, que no deseo, por saber.  Y espero que podáis formular la pregunta adecuada, objetiva y, con el respeto, merecido respeto que todos nos merecemos, a vosotros mismos os podáis decir, también: “Tú lo has dicho”.

Dedicado en especial a nuestro hermanito Templario Atlante Parte PM de 16 años y a todos los peques de tseyor.

Apuesta AtlantePM

Libro de cuentos de tseyor en PDF:http://www.tseyor.com/biblioteca/libros/pdf/loscuentosdetseyor.pdf?dl=1

Web de tseyor:  http://www.tseyor.com/

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